sábado, 24 de diciembre de 2011

QUIERO SER COMO JUAN

Seguro que muchas veces nos han preguntado a los que estamos metidos en esto de la enseñanza aquello de: "Y tú, ¿por qué te dedicas a esto?". Cada uno tenemos una respuesta a esa pregunta aunque, creo, la inmensa mayoría responderíamos algo relacionado con la vocación. Vocación de enseñar, de educar, de acompañar a nuestro alumnos, sean de la edad que sean, en su maduración académica y personal durante los años en los que mantenemos contacto con ellos en nuestros centros. Y fuera de ellos. Porque no conozco otra profesión en la que se vea por la calle a los clientes dando tantas muestras de agradecimiento y admiración como se puede ver a los alumnos, especialmente los más pequeños (ya escribí un post hablando de la magia de las profesoras y profesores de Infantil), con sus maestros.


 
Y si alguien representa el paradigma de profesor querido y admirado es, sin duda, mi tío. Es asombroso pasear con él por cualquier zona de Gijón y comprobar cómo se puede llegar a encontrar con alumnos que están o han pasado por sus clases, muchos de ellos hace ya más de veinte años, y que siempre tienen un saludo cariñoso, una conversación amigable y un abrazo sincero para quien es uno de los mejores profesionales de la enseñanaza y mejores personas que uno se puede encontrar en esta vida.


Recuerdo cómo mi abuela, que en sus últimos años le costaba mucho caminar a un buen ritmo, decía que con Juan siempre cansaba menos que con mi madre porque "como se para cada poco porque conoce a todo el mundo" le era más sencillo seguir su ritmo. Y que, ya de paso, se conocía la vida, obra, milagros, procedencia y parentescos cercanos y no tan cercanos de todo aquél que se paraba a saludar a mi tío. Porque esa es otra de sus grandes cualidades. Tiene una memoria prodigiosa gracias a la cual recuerda todo lo que alguien puede saber acerca de sus alumnos y sus familiares, del año que les dió clase, si era buen o mal alumno, a qué se dedicó después de dejar el colegio y en qué empresas trabajó. Un crack.




 
Pero lo mejor de todo es que él sabe todas esas cosas acerca de toda esa gente porque realmente se interesa por ellos, por quién es cada uno y por tratar a todo alumno que tiene de la forma más cercana posible, involucrándose con ellos, a imagen y semejanza de lo que San Juan Bautista de La Salle, fundador de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, encomendó a quienes han seguido su labor. Juan hace honor al lema de La Salle: una gran familia. Para él cada alumno ha sido  y se ha llevado una parte de él, ha sido como un miembro de su familia y así los hace sentirse. Por eso todos lo aprecian; por eso todos lo adoran.


 


Se trata de un docente especial. Capaz de pasarse horas y horas, días y días en el colegio para sacarlo adelante. Aun en días libres, festivos o vacaciones. O dando clases los sábados a aquellos alumnos que lo necesitan. Quizá cuando más ha lucido ha sido en los años que estuvo de director del Colegio San Eutiquio - La Salle en los que no paró de acumular méritos profesionales y, sobre todo, humanos. Superó innumerables dificultades durante esos años, bien fueran producto de cambios estructurales en el colegio o en forma de traiciones de compañeros y amigos (?) que pretendían quitarle de un puesto cada vez más apetecible gracias a su gran labor como director. Porque La Salle Gijón pasó de tener problemas para llenar las aulas de Bachillerato a tener tantos excedentes como alumnos matriculados. Sin embargo la figura admirada y admirable de Juan se ha forjado día a día en cada clase, en cada recreo, en cada entrevista, en cada encuentro. Se lo ha ganado a voces (así es él) pero en silencio, sin reclamar nada para sí mismo. Se ha volcado con todos en los momentos buenos y, sobre todo, en los difíciles. Incluso con aquellos que, con el tiempo, han renegado de él, que pensaban que sin él estarían mejor y que han ido proyectando sus iras, complejos y envidias sobre todos aquellos que siempre han estado más próximos a él.







Cuando un siete de julio de hace unos seis años hice una entrevista en San Eutiquio optando a un puesto de profesor de Garantía Social bajo el más absoluto de los anonimatos, el entrevistador me preguntó por qué había estudiado Magisterio. Mi respuesta fue rápida y segura, probablemente la más segura de toda la entrevista; "yo es que tengo un tío que es profesor y creo que siempre he querido ser como mi tío" (aunque a él nunca se lo he dicho). La recuerdo perfectamente porque, en cierto modo, fui el primer sorprendido por lo que había dicho. En realidad, me habían hecho una pregunta que no había preparado y la respuesta me salió sin pensarla. Me salió del corazón. El entrevistador ni se imaginaba que ese tío mío era quien le había dejado el despacho para hacer las entrevistas.





 

Y de tío pasó, también, a ser jefe. Siempre me han dicho que nos parecemos mucho. Físicamente y de carácter. No en vano, hemos nacido el mismo día. Aunque de distinto año, claro está. Y eso significa que en estos treinta y cuatro años que hace que nos conocemos, las hemos tenido de todos los colores. En el colegio también, como no podía ser de otra manera. Pero en los cuatro años que estuve bajo sus órdenes aprendí mucho de él y, sobre todo, disfruté de verle feliz en sus clases, en los pasillos, en su despacho... y siempre con sus alumnos. Esos que, da igual el tiempo que haya pasado desde que abandonaron el colegio, le tienen en la más alta estima. Merecidamente.




 
Y, a pesar de haber escrito mucho, me he quedado muy corto.

Ese es mi tío. Por eso yo quiero ser como Juan.

domingo, 18 de diciembre de 2011

¿Deberes en vacaciones?

En apenas cinco días llegan las vacaciones de Navidad, momento muy esperado tanto por alumnos como por profesores. Serán diecisiete días de desconectar del trabajo de manera directa, es decir, de no pasar por el puesto de trabajo, lo que, como sabemos todos, no significa necesariamente no trabajar. Aunque como el final de la primera evaluación esté reciente y no haya demasiado que corregir, siempre habrá que programar, preparar clases, algún cambio de decoración...

Una de las cosas que, por estas fechas y, en realidad, también siempre que se acercan unas vacaciones, más me da que pensar es la conveniencia o no de mandar deberes a los alumnos para que hagan en estos días y, en caso de hacerlo, cuál es la cantidad idónea a mandar.




Veo constantemente cómo algunos compañeros y compañeras preparan cantidades ingentes de deberes vacacionales para sus alumnos, de forma que cada día tengan que hacer algo, sin tener en cuenta que hay varios días en los que no harán nada porque los planes navideños que tengan (es decir, los de sus padres) se lo van a impedir más de una vez. Y si esto es así, que lo es en la mayoría de los casos, el trabajo se acumulará para otros días, de forma que la continuidad pretendida por el profesor se pierde y el tiempo que dedican el día que lo hacen es casi el mismo que en cualquier día lectivo del curso. Y no es plan.

A todo ello debemos sumar el hecho de que no podemos controlar cuándo hacen los deberes. Unos optarán por hacerlos los primeros días y quitárselo de delante; otros preferirán dejarlo para los últimos días. Y con unos y otros en muchos casos nos referimos a los padres, que lo deciden en función de sus planes. Algo normal.





Todo ello me hace dudar que sea realmente efectivo poner tanto trabajo cuando no nos podemos asegurar que se haga como nosotros pretendemos y, por tanto, no tenga el efecto deseado.

Seguramente por culpa de mi faceta de entrenador, siempre he creído que el rendimiento académico, al igual que el deportivo, se basa en la perfecta conjugación de trabajo y descanso. Cuando se ha estado exigiendo un rendimiento alto a los alumnos y un nivel de concentración y trabajo alto desde septiembre hasta ahora, es conveniente proporcionarles un tiempo de descanso adecuado.

Por eso, casi no mando deberes en vacaciones. Ni en Navidad, ni en Semana Santa o verano. Creo que si el nivel de exigencia y el ritmo de trabajo durante el curso son altos, es necesario que las vacaciones sean eso, vacaciones; un tiempo en el que el descanso prime sobre el trabajo. Aun a sabiendas del riesgo de una desconexión mayor de la pretendida y de que vuelvan en enero totalmente fuera de bolos y sin hábitos de trabajo. Lo más adecuado es, entonces, el denominado descanso activo. Encargar algún tipo de actividad que suponga mantener las neuronas ocupadas sin exigirles un gran esfuerzo.





Ahí es donde entra la lectura. Creo firmemente que las vacaciones son el momento ideal para fomentar la lectura entre nuestro alumnos ya que, al asociarla con un período de descanso y festivo como son las vacaciones, tendrán una sensación de agrado hacia ella y no lo verán como una obligación que les ocupa parte del tiempo de estudio durante los días lectivos.

Pero no sólo lectura. Hay que buscar actividades que sean amenas, entretenidas, motivantes y "de bolsillo"; algo que les anime a trabajar casi sin darse cuenta y en cualquier lugar sin necesidad de llevar consigo los libros, libretas, cuadernillos, diccionarios... allá donde vayan a pasar la Navidad. Y que además sea de provecho, que sirva para algo.






Yo les suelo mandar una actividad que entre los alumnos tiene mucho éxito por diferente y divertida y también entre los padres por no tener la necesidad de atarles, en ningún momento, a una mesa y una silla para hacer deberes. Se trata de buscar, mientras pasean con sus familias, algunas de las innumerables faltas de ortografía que por la calle nos podemos encontrar. El hecho de buscar los errores de los demás hace que se den cuenta de algunos que ellos mismos cometen. lo que deben hacer es fotografías de esos errores y mandarme unos cuantos de ellos por correo electrónico.

Total, mucho más llevadero que lo habitual, más descanso en vacaciones para alumnos y familias y también, por qué no decirlo, menos que corregir a la vuelta para nosotros.






jueves, 15 de diciembre de 2011

WORKSHOP: Trabajo, repaso y juego



Cada curso se produce la misma situación justo antes de las vacaciones. La evaluación ha terminado, las notas ya están puestas y quedan unos cuantos días antes de las vacaciones que, o bien se dedican a comenzar el temario de la segunda evaluación, o bien se hace un repaso de lo dado hasta la fecha. Todo ello con el condicionante que suponen los ensayos para festivales de Navidad y demás eventos tan típicos de estos días. 

Con la mayoría de los alumnos y alumnas pensando más en las vacaciones y en las primeras notas del curso que en otra cosa, parece recomendable no avanzar materia que después no se retomará hasta unas dos semanas y media después.



Lo que se proponga a los alumnos en estas fechas ha de ser motivante, divertido y productivo. Esa es, a mi entender, la fórmula del workshop. Ese es el nombre que le pusieron a este tipo de actividad interdisciplinar en el sitio donde lo descubrimos hace un par de cursos, el Colegio Montserrat de Barcelona, uno de los más importantes de España en todo lo que se refiere a innovación tecnológica y pedagógica.

Un workshop es una actividad común propuesta a unos alumnos dispuestos en equipos de trabajo y que han de desarrollar en varias asignaturas a la vez, de forma que se incluyan en él aspectos de todas las áreas implicadas. Se ha de tratar de una experiencia práctica antes que teórica, basada en contenidos ya conocidos por los alumnos, pero que en su desarrollo les aporten nuevos descubrimientos y consolidación de lo ya sabido.



Para este curso, en 5º de Primaria haremos un workshop inspirado en el concurso televisivo "Atrapa un millón", de forma que los alumnos han de preparar una gran batería de preguntas, respuestas incluidas, acerca de los temas que ya han trabajado desde septiembre en las áreas de Lengua, Matemáticas, Conocimiento del Medio, Inglés y Religión. Además, podrán incluir preguntas de cultura general para darle un extra de interés, curiosidad, búsqueda de información y enriquecimiento cultural al juego.


Una vez finalizadas las preguntas, habrán de crear todo el material plástico necesario para el desarrollo del concurso: el dinero, la mesa de juego... Todo ello con el objetivo de finalizarlo para poder exponerlo en la semana cultural del colegio en el mes de mayo. 



El trasfondo de este workshop es el de una actividad entretenida para los alumnos mediante la cual se pasarán unos días haciendo un exhaustivo repaso de los contenidos trabajados en el trimestre de una forma amena y motivante.



Esperamos poder realizar un buen trabajo. Iremos colgando estos días imágenes del proceso de elaboración del workshop. 

domingo, 11 de diciembre de 2011

¿Es tan difícil escribir bien?



En estas semanas de final de evaluación en la que proliferan los exámenes a corregir se me hace especialmente difícil entender cómo los alumnos de hoy en día escriben tan rematadamente mal. 

Ya no es sólo que su expresión deja mucho que desear, que también. Se trata de su ortografía, de la cantidad ingente de faltas que cometen en textos no demasiado extensos. Y las tienen la inmensa mayoría de ellos, sean de la edad que sean.

Con la cantidad de métodos que se han probado y se prueban para corregir esas faltas y que los alumnos sean capaces de escribir correctamente, ya deberíamos haber encontrado la fórmula mágica, si es que la hubiera, para no encontrarnos barbaridades como las que tenemos que corregir a diario. Cuando ves que no sirve el copiar la palabra diez, veinte o cien veces; que tampoco sirve escribir unas frases en las que se utilice esa palabra en la que han fallado; ni siquiera los cuadernillos de ortografía similares a aquellos de Rubio que todos hicimos de pequeños para la caligrafía, entonces tenemos que asumir que es un mal que se escapa de nuestras manos.


Es verdad que parte de la culpa de que los niños escriban mal la tienen los móviles y los chats de Intenet, en los que, por escribir rápido y ahorrando caracteres, se comen letras, se unen palabras y hasta se cambian bes por uves o cosas similares. Es un gran enemigo para la correcta escritura que, incluso, está heciendo que muchos adultos comiencen a cometer errores ortográficos que antes no tenían.

Otro de los factores que influyen de forma considerable en el número de faltas de ortografía de nuestros alumnos es la falta de lectura. Los niños y niñas de hoy leen mucho menos que los de hace veinte o treinta años. Y a l no leer, manejan un vocabulario mucho menos extenso, conocen menos palabras y, por ello, no saben cómo se escriben. También consecuencia de no leer es que cuando estudian, comprenden menos los textos que tienen delante, por lo que optan por la salida más fácil: memorizar, que no es lo mismo que aprender, y sobre lo que tengo muchas ganas de explayarme otro día, porque es algo que me tiene del hígado.

Un aspecto más es el uso del ordenador para redacciones, trabajos y similares. Con la comodidad del corrector ortográfico, el alumno se asegura, en casi todos los casos, de que los textos que escribe lo están de forma correcta, pero no sabe si es por sí mismo o por su "compinche" informático. Y lo peor, es que les da igual. Hoy en día lo que prima para ellos es presentar los trabajos, no la calidad de los mismos.





Sin embargo, para mi el factor más influyente en la educación ortográfica de los niños de hoy es la falta de sensibilidad hacia ello que mostramos los adultos constantemente. Los niños viven rodeados de incorrecciones ortográficas allí donde estén, por donde pasen, por donde jueguen... Los rótulos de los negocios, carteles, anuncios... Sólo hay que hacer la prueba. Situarse donde uno quiera y coprobar cómo, en cien pasos a la redonda, se pueden encontrar no menos de diez o doce faltas de ortografía. Y también en la prensa. A montones. Y a diario. Qué vergüenza ser periodista y no saber escribir.



Muchos de ellos están en los rótulos de los negocios más antiguos, de cuando nosotros éramos pequeños y la regla de poner tilde a las mayúsculas no existía. Pero de entonces hasta ahora han pasado muchos años y mayoría son los negocios abiertos más recientemente o que han sido reformados, por lo que no deberían escapar a la regla.Si hasta hace pocos días una placa de la calle del Concejo de Ribadedeva, en Viesques, tenía la denominación CALLE DEL CONCEJO DE RIVADEDEVA. Pena no haber hecho la correspondiente foto hace unas pocas semanas para dar fe de ello. De todas formas, si se busca la calle en Google Maps, aún sale con las dos uves.




Otros, sin embargo, son escritos a mano o a ordenador por gente que no conoce (grave) o no le importa (más grave) cómo se puedan escribir correctamente las palabras que está utilizando. Esas personas son, en muchos casos, los padres y madres de nuestros alumnos. Entonces ¿cómo podemos pretender que los niños presten una atención al escribir que sus padres no tienen?



Recuerdo cómo Amparo, mi tutora de 5º de EGB, nos tenía a siete de la clase sentados en la fila más próxima a su mesa y nos llamaba la "fila cero", porque ese era el número de faltas que teníamos en todos los dictados de la asignatura de Lengua. A final de curso la "fila cero" eran tres o cuatro filas de la clase porque éramos muchos los que no cometíamos errores. Pero de aquello hace mucho y, ni la exigencia de los padres, ni el interés de los alumnos por mejorar, eran los mismos de hoy. Lástima.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Una fábula muy real y un real cabreo de mil pares

Hoy estoy especialmente indignado con la raza humana. Sinceramente, no entiendo cómo hemos llegado a que haya especímenes con un grado de ignorancia tan elevado como los casos con los que me he dado de narices esta semana. 



Todos sabemos que siempre han existido los ignorantes. Toda la vida de Dios. También que había multitud de ellos que, además de serlo y saberlo, disfrutan de esa condición. Lo que no sabía yo, ingenuo de mi, era que existen algunos (al menos un par de ellos, que yo pueda constatar) que no sólo se recrean en la ignorancia como los gorrinos en un charco de barro, sino que se la desean a sus seres más querido. La familia unida jamás será vencida, supongo. Y claro, se necesita estar muy unidos para que ninguno deje de ser ignorante.

Cuánto me gustaría en estos momentos ser Arturo Pérez- Reverte para poder explayarme en una parrafada en la que, para describir semejantes desfachateces, utilizase un sinfín de improperios e insultos, quedarme tan ancho, retratar a los ignorantes en cuestión y, además, ganarme una buena pasta por ello en un dominical. 






Pongamos, para situarnos sobre el tema, que una persona (o ser vivo con apariencia humana en casi todas sus formas y conductas), lleva a su hijo al pediatra. El médico le dice que tiene un virus y que ha de tomar un tratamiento durante un tiempo para mejorarse y recobrar su estado de salud adecuado. 

Pongamos que el pediatra le receta una serie de medicamentos que ha de tomar de determinada manera y en un horario concreto cada día.

Pongamos, también, que nuestro protagonista llega a casa, y su hijo le dice que no quiere tomar un medicamento porque no le gusta el envase, porque le sabe regular o porque sus amigos se reiránn de él por tener que medicarse para curarse.






Pongamos que el progenitor vuelve a visitar al médico y le dice que a su niño no le gustan las pastillitas que le ha recetado, que los horarios que le ha puesto para medicar al niño no le gustan a él porque le coinciden con su hora de ver la televisión, que se esperaba que con una sola dosis ya se hubiese curado del todo y sin posibilidad de recaída y que, como no ha sido así, que ha decidido, por sí mismo, dejar de administrar las medicinas a su hijo.

Como padre y como ser humano de la raza normal creo, o creía, que nadie en sus sano juicio renuncia a aquello que puede mejorar la calidad de vida de un hijo, sobre todo cuando se es consciente de la enfermedad y se desea que recobre la salud. Pues ahora lo empiezo a poner en duda.

Si en la historia anterior ponemos en el lugar del médico a un profesor y hacemos la evidente sustitución de cada detalle referente a la medicina por su equivalencia del ámbito educativo... ¿dejaría de ser tan escandalosa la estupidez del padre? 

Si miramos por la salud física y mental de nuestros hijos, por qué no lo hacemos igualmente con sus salud intelectual?????






Qué lastima que haya gente tan ignorante que no le importe que sus hijos lo sean tanto o más que ellos.

De verdad que a alguno habría que haberle hecho un examen antes de ser padre.